La inteligencia artificial ya no es algo futurista ni experimental. Está sentada a la mesa con nosotros.
La usamos para planificar viajes, organizar tareas, transcribir reuniones, preparar propuestas o tomar decisiones más rápido. Para muchas personas forma parte del día a día, tanto en lo personal como en lo profesional.
Muchas personas están utilizando hoy la inteligencia artificial como una herramienta para organizarse mejor en lo cotidiano. Le piden que les ayude a ordenar el día, a hacer listas de tareas, a planificar la semana, a pensar cómo conciliar, a estructurar menús o simplemente a poner un poco de orden mental cuando todo se acumula. En este uso, la IA no aparece como una herramienta técnica, sino como un apoyo para pensar mejor y tomar decisiones con más claridad.
También se utiliza como un espacio de reflexión. No como terapia, pero sí como un lugar donde poner en palabras una duda, un conflicto o una conversación difícil antes de afrontarla. Cómo decir algo, cómo gestionar una situación con un hijo, con una pareja, con un jefe o con un cliente. La IA funciona aquí como un espejo que ayuda a ordenar ideas antes de actuar.
Y en el ámbito profesional, muchas personas la usan para trabajar sin sentirse desbordadas. Para preparar un texto, estructurar una presentación, resumir información o aclarar un pensamiento antes de escribir. No para delegar el trabajo, sino para desbloquearse y avanzar.
El problema no está en ninguno de estos usos. Son usos legítimos y, bien integrados, pueden ser muy útiles. El problema aparece cuando esta ayuda no se apoya en un sistema claro. Cuando se usa la IA para producir sin tener claro qué se necesita, qué calidad se espera o quién va a validar el resultado.
Como ves, como pasa con todos los fenómenos nuevos, empiezan a verse los beneficios de utilizarla y también los inconvenientes que tiene.
En el caso de la inteligencia artificial, uno de esos efectos empieza a ser evidente y tiene mucho que ver con la organización.
Cada vez más personas perciben que, lejos de ahorrar tiempo, la IA está generando más trabajo del esperado. Correcciones constantes, revisiones, rehacer lo que parecía terminado. A este fenómeno se le empieza a llamar workslop. Un término anglosajón que viene de las palabras work, trabajo y slop, desperdicio, y que se interpreta como algo mal hecho o de poco valor. Se refiere a trabajo que parece válido en la forma pero aporta poco valor real y obliga a rehacer o corregir.
Hoy quiero hablar de esto no desde la tecnología, sino desde la organización. Porque lo que está fallando no es la inteligencia artificial en sí, sino el sistema en el que la estamos integrando, tanto a nivel personal como profesional.
Además de un problema organizativo, aquí hay también una responsabilidad personal que conviene no perder de vista. La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar ideas, a estructurar tareas o a desbloquear un momento de saturación, pero no debería pensar por nosotros ni vivir por nosotros.
Hay una diferencia importante entre usarla como apoyo y delegarle decisiones que forman parte de nuestra identidad, de nuestra manera de relacionarnos y de nuestra voz personal. Poner límites a la herramienta es un acto de autocontrol y de priorización. Decidir en qué ámbitos nos ayuda y en cuáles no.
Porque cuando dejamos que nos diga cómo sentirnos, cómo hablar con las personas que queremos o cómo posicionarnos ante lo importante, el problema ya no es solo organizativo, es una pérdida de criterio propio.
